Hacer pública la vergüenza


Un iraquí desnudo grita mientras oculta sus genitales
y con sus manos se tapa las orejas. Soldados de EEUU lo acosan con sus armas
y sus perros. Tras la espalda del iraquí se ven las rejas de una celda.


El gobierno de EEUU reconoce que tiene en su poder otras fotografías
que documentan torturas más crueles, pero a la vez aduce que nos las
publicará para preservar la privacidad y la dignidad de los fotografiados.
Dignidad que les robó al desvastarlos con toneladas de bombas, al encarcelarlos
sin un juicio legal. El propio Donald Rumsfeld los ha categorizado como "criminales,
asesinos, marginados, terroristas, delincuentes para los cuales no se aplican
las leyes de guerra y las convenciones sobre prisioneros de guerra",
los ha despojado de su condición de seres humanos dignos de derechos.
¿Nos sorprende que su subalterna se pasee por la cárcel de Abu
Gjraib arrastrando a un iraquí, atado por el cuello con una correa?


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Las fotos que faltan deben ser publicadas. No
deben ser vistas sólo por los supuestos expertos que juzgarán
a los soldados. EEUU ha prometido condenar en cortes marciales a los soldados
implicados, castigando así a los ejecutores y no los diseñadores
de la tortura.

Uno de sus principales expertos, el secretario de defensa de EEUU había
sido advertido de estos abusos y no tomó ninguna iniciativa para detenerlos.


Concebimos a la fotografía como alimento y manifestación de
la memoria. Testimonio gráfico de la existencia de una persona, de
una comunidad, de una época. Estas fotos son documentos de nuestra
época, de nuestra identidad como seres humanos y debemos estudiarlos
y apropiarnos de ellos.


Todos tenemos derecho a presenciar estos retratos de la condición
humana, no somos ajenos a la foto, algunos se identificarán con el
iraquí, otros con los marines y los demás, no sin evasivas vergonzantes,
con los perros.

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