El diario, un lugar, un territorio, la promesa de una buena hora

boteclaro
Verdades de los expertos con las cuales disiento.
El público = el mercado = la sociedad toda, quiere diarios que se lean en 20 minutos, incluso diarios que se llamen 20 minutos.
El lector no tiene tiempo, no es dueño de su tiempo, no es dueño de sí mismo, informarse es una tarea secundaria mientras hace lo importante o encuentra un hueco. Hay que convencer al lector que mientras se toma el café, pretende descansar al mismo tiempo que se llena de cafeína y se energiza para afrontar la producción, se entera acerca del mundo durante esos 20 minutos y puede mantener conversaciones sin desentonar.
Otro experto pronostica la gente prefiere leer gratis por Internet, ¿por qué pagar por algo que puede tener gratis? Los diarios van a desaparecer, advierten los informáticos como si ganaran una batalla. Las nuevas formas de comunicación suplantan a las viejas, si no estás conectado no existís.
La solución son los rediseños, diarios más visuales, con imágenes más potentes sostienen los diseñadores. Ahí aparecen los periódicos rutilantes como casinos.
El experto, como todo cultor del monocultivo, se repite, agota y seca los suelos.

A la hora de diseñar intento poner en crisis todas estas sentencias que no por repetidas y naturalizadas son ciertas. A priori me resultan puntos de partida muy mezquinos, planificar periódicos como quien alimenta a las focas.
Pretendo concebir el diseño de un diario como un lugar donde quien lee tenga un espacio para el acto íntimo de la lectura y mediante él un vínculo con la información y la realidad.

Este lugar=periódico convive con un tiempo histórico y cultural, parece ésta una forma más posible de apropiarnos del tiempo que los egoístas 20 minutos. ¿Por qué quedarnos con titulares y frases cuando podemos entender el hecho? Es preferible un diario que nos acompañe en nuestras opiniones, decisiones, que nos recomiende que hacer de noche que otro que nos robe 20 minutos durante el café.

El diario es el vehículo ideal para informar de la mayoría de los temas que atañen a la sociedad. El lector de deportes, tiene la posibilidad de enterarse acerca del agro, la política, la cultura y tiende a hacerlo. Esto no sucede en Internet, donde la información está distribuida en segmentos claros e inconexos, está guetizada (las páginas especializadas no tienen enlaces a otros tópicos). El diario como espacio está más cerca de la plaza pública e Internet del shopping. Los diarios tienen la posibilidad de combatir el gueto, de jugar un papel integrador. Internet tiende al no lugar, si bien es una herramienta preciosa para integrar iguales o similares, no muestra al diferente.

Lo visual por lo visual. El hombre existe en cuanto comunica, en cuanto narra. El diario publica esta narración, ya sea con imágenes o con texto, pero con sentido. Ni imágenes detonadas, ni piezas que alberguen frases inconexas, ni cifras sin contexto. Las apuestas rutilantes son propias de las tragamonedas de Las Vegas, de las marquesinas que tanto daño hacen al espacio público.
El diario es el mejor espacio para conjugar el aquí y ahora, o sea tiempo y territorio.
Identificar el aquí y ahora es lo que nos define como cuerdos, como concientes de nosotros mismos. Cuando diseñamos diarios, diseñamos territorios para la información y no folletos de noticias. Diseñamos un lugar desde donde pararnos, desde donde comunicar, una herramienta para interpretar el mundo, un lugar para habitar.
No en vano definimos el diseño como arquitectura de la página.
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