Nazarena Vélez y José Mujica

mujica
Lo hago por mis hijos, ¡entendés! Dice una rubia vistosa mientras habla directo a la cámara, habla a los ojos de un interlocutor no presente y a la vez nos habla. Se redime.
El lugar de la rubia lo puede ocupar Nazarena Vélez, Silvia Süller, el asesino que manda su video a la NBC, algún político y la menos de las veces un vecino indignado.
José Mujica, el ministro de Agricultura de Uruguay, nos habla desde la TV y nos cuenta acerca de sus achaques y justifica sus contradicciones políticas con su edad avanzada. Con frases más cercanas al refrán, el sentido común (casi siempre cómplice del modelo dominante) desplaza al discurso ideológico. Le dijo nabo a un periodista y todos festejaron, avaló alianzas con la derecha llamándola culebra y saludó al imperio personificándolo como sapo (es difícil imaginar un sapo bombardeando Faluja).
El ex guerrillero miró las cámaras, “reconoció que la revolución, por ahora, no era posible” y llamó al capitalismo “en serio” y la derecha y público se tranquilizaron.
La tele redime al que emite y duerme a quien la escucha (escucha y no mira pues en este caso estamos ante una TV en la cual prima lo oral sobre la imagen).
Pero en TV toda serie tiene su fin de temporada, cuando deja de ser novedoso, cuando bajan los niveles de audiencia es hora de bajarla de cartel. Hoy las apariciones de Mujica aburren, lo vemos cuestionado por los vecinos que no quieren una planta industrial en su zona, los hacendados que otrora lo miraban como un hacedor ahora lo tildan de inoperante, entre sus filas no tiene todo el apoyo y los colegas del Nabo lo consultan más por inercia que por interés periodístico.
La primera y única condición de un buen estilo es tener algo que decir, sostiene Schopenhauer, y Mujica, o no lo tiene, o lo poco que tuvo lo disfrazó por puntos de rating.
A Nazarena y al ministro los prefiero con el caño, a Vélez trepada y a Mujica atrás del caño, pero a ninguno hablando. Ya dijeron todo.
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