Tiene que haber alguna forma de salir de aquí

Escribe: Carlos Faguaga_Periscopio
La economía no los necesita y la cultura no los quiere.Se juntan cerca de las volquetas verdes que llamamos contenedores y cada tanto las revisan. Gritan para recibir al que llega y luego de esa excusa vuelven a su murmullo.La música del celular, sin graves, es su banda de sonido.
Están atentos, conocen sus territorios. Los que caminan solos pedirán una moneda, otros limpiarán parabrisas, los artistas harán malabares como en el medioevo. El que tenga un ciclomotor repartirá pizza y correrá picadas hasta partirse los huesos. Algunos reponerán artículos en góndolas o heladeras.
Los menos, los más emprendedores transarán con las drogas no permitidas hasta que salgan en la portada del diario más vendido de el país. Aparecerán con la cara tapada, la nunca tensa por la mano policial que les baja la cabeza y los brazos cruzados en la espalda.
Abandono del la bandera del progreso
Algún cientista social, los ha definido como desertores. Son a los que no les fue bien en las pruebas Pisa, los que abandonaron la causa de la educación, la causa del mérito.
Una causa que funcionaba en línea recta entre los ejes cartesianos. El abuelo puso un negocio y obligó a estudiar al padre, que llegó a bachiller, entró en la administración pública y le pagó la carrera al hijo que hoy puede o no estar ejerciendo, puede o no estar trabajando con un salario por encima de los $10.000 pesos.
Era la causa del progreso. Pero pensar en clave de progreso supone reconocerse en un tránsito de crecimiento, que no se está arriba pero tampoco en el fondo del pozo y que aún queda un lugar en la procesión ascendente.
Estas nuevas generaciones ya no creen que vivirán mejor que las anteriores.
Separarse
Los llamados desertores se mueven en círculos, pero no están perdidos, no avanzan en línea recta pero no están quietos.
No sufren una crisis de orientación y tampoco de sentido ni de siginificación.
Pensarlos despolitizados es el error de analistas que surfean las tendencias.Pese a que ellos no vivieron la recuperación democrática, la revolución nicaragüense y no leyeron los malos escritos de Cortázar, sus pasiones no son tristes. No son radicales pero enfrentan la homofobia y el neoracismo solapado y sobre todo no transan con la la tolerancia multicultural (placebo que adormese la desigualdad social). Se saben estafados y los irrita.
La condena del desertor
Ellos molestan, algunos se peinan raro, usan ropa que no está a su “alcance”, otros marchan en solidaridad con los estudiantes chilenos y hasta un par de chicas se besan en el IAVA.
Para el statu quo ellos son otros y los otros representan una amenaza a la idiosincrasia, personal y colectiva, a los verdaderos vecinos. La lógica es perfecta, es pura y autorreferencial “el buen ciudadano quiere sentirse protegido, tiene derecho” repiten hasta cristalizarlo. Desde ahí a tomar carrera y sacar rédito político, hay que sospechar de ellos y amenazarlos con encerrarlos. No hay argumentos racionales, no los necesitan.
Es hora de llegar a un acuerdo. El primer paso es dejar de calificarlos desertores y, con algo de suerte, podrán avanzar, con sus círculos, pese a abandonar la recta del progreso.
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