La seguridad siempre fue la trampa

Carlos Faguaga_Periscopio 220

De inmediato que se invoca la seguridad, se acaba la discusión. El patovica niega la entrada al boliche, una potencia invade cualquier país, la política migratoria europea deja ahogar en el Mediterráneo a los africanos y Facebook entrega las conversaciones que el usuario considera personales al gobierno de EEUU.

Luego que la hinchada rompa las butacas y las use como proyectiles, los coraceros terminarán apaleándolos y llevándoselos presos.
Ociosa será la perplejidad ante la imposibilidad de controlar a los violentos porque el poder no quiere mantener el orden sino gestionar el desorden.
Para el filósofo Giorgio Agamben la seguridad no está enfocada en la prevención de los desórdenes y los desastres, sino en la capacidad de gestionarlos, de canalizarlos hacia una dirección útil.
Sostiene que esta inversión trastoca la relación entre las causas y los efectos: dado que es bajamente probable o altamente costoso gobernar las causas, resulta más útil y predecible gobernar los efectos. Es el axioma adecuado para justificar una política radicalmente liberal en cuestiones económicas y el control policíaco sobre sus efectos.

Demolición
Esta lógica de demolición controlada se aplica transversalmente a la economía, la política, la guerra, la educación y hasta el planeta.
Mientras la comunidad científica y la ONU alertan acerca del calentamiento global, las corporaciones y los países altamente industrializados no ven probable disminuir sus emisiones de gases pero sí crean un mercado especulativo de bonos de carbono y planifican una nueva ruta comercial a través del Ártico cuando el polo norte termine de derretirse.

Registrar y gestionar
La gestión fluye sobre procesos y éstos necesitan de certezas, sujetos estadísticamente controlados.
Las herramientas policiales han avanzado desde las prisiones sobre la vida pública, cercándola y haciéndola menos pública.
Las cámaras de seguridad surgieron, como una extensión del panóptico, en los centros de detención, pasaron por fábricas y bancos, están en 18 de Julio  y, cuando Googleglass se masifique, estarán en cada persona.
Pensadas para los delincuentes reincidentes y para los extranjeros, las técnicas de registro antropométricas fueron privilegio exclusivo de éstos hasta la segunda mitad del siglo XX, cuando se generalizó el documento de identidad con la huella digital. La técnica de las huellas digitales existe desde la segunda mitad del siglo XIX.
Las tarjetas de crédito informan de la capacidad financiera, la tarjeta de puntos del supermercado informa de los hábitos de consumo y la huella que se deja al navegar por internet construye un perfil predecible de la cultura y hábitos del usuario.
Ese registro de los datos personales por nicho de mercado transforman a la persona en un sujeto desmembrado que es pobre, tiene la dieta propia de un enfermo crónico y le gusta el cine. A él le ofrecerán créditos de alta morosidad, tratamientos milagrosos y le recomendarán las películas de Scorsese aunque las deteste. Cada cinco años le aparecerán avisos electorales.
La identidad de este sujeto  se construye más desde la información de sus necesidades y condición física que desde sus acciones, su rol social o la manera que él  cuenta su propia historia.
Pasó a ser un insumo, cada vez más lejos de lo político. Está siendo gestionado.

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