Cortala con tanta dulzura, Chavo

El Chavo no tenía casa, ni familia, ni contención social. El desempleado lo golpeaba, la viuda ama de casa le gritaba y el niño consentido lo escupía. ¿De qué nos reíamos?.
Los nuevos críticos aplauden la habilidad de Gómez Bolaños para la comedia del golpe y porrazo, recuerdan su obsesión por las palabras con ch como un dato de color y hasta lo presentan como un retrato de la miseria latinoamericana tratada con dignidad y ternura y así lo presentan como un hito de la comedia latinoamericana.
No son nuevos los públicos enternecidos por el huérfano desvalido que sobrevive gracias a su milagroso optimismo, a la caridad de los suyos, tampoco son nuevos los negocios montados con la fabulación de la pobreza; lo que sí es nuevo es tratar al producto cultural aislado de las contradicciones de clase como si este comunicara nada más allá del remate gracioso, la idoneidad técnica y cuánto nos divierte.
Los nuevos críticos no se sienten cómplices de la reproducción simbólica, día tras día, en la cual la comunidad del Chavo debe durar, trabajando a veces y otras no, agrediéndose entre sí y manteniendo (entre risas propias y grabadas) la docilidad frente al funcionamiento del sistema.
A los nuevos críticos no les interesa el contenido, les copa la forma, la cual consideran que no es contenido. Valoran el producto como si fuera una app pensada para ser funcional a todo usuario.
Prefieren las manzanas del súper, brillantes y coloridas pero con poquísimo sabor.
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